Te dije que odio el café si no es contigo.

Quizás sea que esa semana la pobre no salió de la cama.
Tal vez no quería que supieras que estaba triste, que sus ojos eran como un lago, oscuro y lleno de mugre pegajosa. Que las noches eran vacío y el día autocastigo.
Evolet estaba cansada, habían pasado tantas horas que los minutos le pinchaban muy cerquita del costado. Había perdido la magia, el color, el brillo, la saturación y el contraste también.
Como las fotografías en las cuales las personas sonríen plasmando el momento exacto en el que la felicidad alumbra sus ojos. Evolet ya no brillaba, era un ente ausente. Una caja de sorpresas con cierre hermético, un precipicio por el que nadie volvería a caer.
Los dos cafés humeaban sobre la mesa, y ella los miraba esperando a que el segundo de ellos se consumiera solo, como por arte de magia. Como si sus benditos labios fueran a aparecer de la nada para saborearlo y hacerla sonreír relamiéndose el labio debido a los dos sobres de azúcar.
Pero no llegó, y ella misma cogió su chaqueta, se puso ese gorro de lana que siempre llevaba, encendió el cigarro y desapareció.
Para siempre.

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