Evolet viaja a Nora.

Evolet había llegado a creer que no, que allí no había nada. Que simplemente era un tercio de cielo que había sido depositado en el techo de su habitación dejandola atontada y murmurando sin cesar una y otra vez la letra de 'La vie en rose'. 
La noche fuera era completamente perlada, las nubes apenas se dejaban ver por Nora, y ella, aconstumbrada a la gran tempestad anterior, pasaba horas asomada a la ventana.
¿Por qué no decir que tuvo miedo? 
Claro que hubo miedo, hubo miedo en cada instante en el que sentía como su sangre se helaba y sus ojos iban perdiendo el color. Se tornaron negros. Como cada milimetro a su alrededor. 
Evolet perdió la calma. Perdió la calma y los estribos. Y lloró. Lloró toda la noche entre aquellas dos almohadas, donde los cigarros no se consumian, si no que la iban consumiendo a ella, muy poco a poco.
Donde los palacios de cristal se habían derramado sobre sus sábanas y resquebrajaban cada centímetro de su piel haciendole daño. 
Pero...¿Qué podemos decir del resquebrajado de un cristal sin antes haber visto los ojos de Evolet?



El anden número 12.

Romper el tiempo con mis manos, creer en mi, está pasando. Creo en ti y en tus miradas. En que mi ropa huele aún a tu perfume. En que mis sábanas te echan de menos, aunque nunca hayas estado aquí. En que me deberías buscar las cosquillas mas a menudo y gritar cada carcajada en mi oído mientras te huelo.
Creo que el autobus está saliendo de la estación, y necesito fumarme otro cigarro contigo.
La música suena en mis cascos. 


Aún no me he ido esta noche y ya quiero volver a verte.

Vamos a jugar a romper mi camisa.

Después de todo lo vivido, Evolet podía decir que no había nadie que recorriera su piel mejor que él y la yema de sus dedos. Habían pasado 22 días desde la primera vez que sintió esa oleada de calor en el pecho.
Las sábanas estaban frías aún y la pequeña gatita negra se revolcaba zalamera cerca de su cintura. 
Él entró al cuarto, entró al cuarto detrás del humo del cigarro y tras tumbarse junto a ella, quitando con poca delicadeza a la gata de ojos verdes y pelo azabache de su lado de la cama, empezó a buscar su boca. A morderla y a romper sus esquemas. La chica ya estaba completamente despeinada, desbocada y enamorada de todas y cada una de las miradas que él le iba propinando momento a momento. El cigarro se consumía en el cenicero, los cristales empezaban a empañarse. 
¿Qué puede haber mejor que dos personas dándose la vida y a la vez muriendo de amor?



Te quiero.