La mirada vacia y el paquete de tabaco siempre lleno, donde cada cigarro consumía más su alma que sus pulmones. Solía encerrarse en canciones. en sábanas, alcohol, sin contemplaciones.
El espejo reflejaba una desconocida esa mañana, otro día más.
El perfume envolvía la habitación adentrandose en sus entrañas, perturbando todos y cada uno de sus pensamientos.
Era la misma gilipollas de siempre, sin más.
Aún recordaba aquella vez en la que se levantó aun semidesnudo, y con el humo saliendo de su boca saludó a la vecina por la ventana con su preciosa sonrisa.
Eramos como dos mundos colindantes.
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