Evolet viaja a Nora.

Evolet había llegado a creer que no, que allí no había nada. Que simplemente era un tercio de cielo que había sido depositado en el techo de su habitación dejandola atontada y murmurando sin cesar una y otra vez la letra de 'La vie en rose'. 
La noche fuera era completamente perlada, las nubes apenas se dejaban ver por Nora, y ella, aconstumbrada a la gran tempestad anterior, pasaba horas asomada a la ventana.
¿Por qué no decir que tuvo miedo? 
Claro que hubo miedo, hubo miedo en cada instante en el que sentía como su sangre se helaba y sus ojos iban perdiendo el color. Se tornaron negros. Como cada milimetro a su alrededor. 
Evolet perdió la calma. Perdió la calma y los estribos. Y lloró. Lloró toda la noche entre aquellas dos almohadas, donde los cigarros no se consumian, si no que la iban consumiendo a ella, muy poco a poco.
Donde los palacios de cristal se habían derramado sobre sus sábanas y resquebrajaban cada centímetro de su piel haciendole daño. 
Pero...¿Qué podemos decir del resquebrajado de un cristal sin antes haber visto los ojos de Evolet?



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